25 minutos de sexo por una transferencia

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Cleopatra es una joven de rasgos indígenas que vio en el sexo la mejor forma de darles sustento a sus dos hijos y madre. La ausencia del hermano mayor por problemas con la ley hizo pensar a esta muchacha como resolver lo monetario, por lo menos conseguir para la comida y lo más básico. Una amiga lo propuso; un año después es su modo de vida, la forma de ganarse como “mínimo” unos 500 mil bolívares a la semana.

Su centro de operaciones son las cercanías del Paseo Ciencia, en Maracaibo. Una casa en ruinas. Allí espera silente y sin premura. Ella es la ‘miel’ que atraerá a las moscas en celo.

Con el problema del efectivo, ella, Cleopatra, ha tenido que variar la manera de cobrar. La meretriz maneja dos tarifas una para los que tengan la bendición de pagar en billetes y la otra para los que usen el dinero electrónico.

La crisis económica y financiera que atraviesa Venezuela ha obligado a las trabajadoras sexuales a ofrecer diversidad de tarifas.

“Con este dilema del efectivo, las cosas han cambiado. No hemos visto en la necesidad de aceptar transferencias”, dijo mientras saboreaba un helado de chocolate, que servía para mitigar el amargo sabor de una piel ajena, muy lejana a sus gustos.

Según ella si el pago es con moneda contante y sonante, el servicio puede llegar a costar unos 60 mil bolívares si es vaginal y otros 25 si es solo sexo oral. El anal no le gusta y por lo tanto no entra en el menú de opciones.

‘Cleo’ también a la tarifa le suma la pieza. Hasta ahora son 15 mil más si el pago se hace sin usar la opción online.

En total son unos 100 mil por los servicios sexuales, si el cliente opta por todo el combo, pero si el pago es electrónico esa cifra sube y ronda los 130 mil.

“Pero siempre una cobra un pelo más, ya que se juega con las ganas del cliente y la situación”, precisó.

Como ella a cientos de chicas que han tenido que escudriñar miles de opciones para seguir en este mundo, en un país donde la economía está sustentada en la ilusión de una “sociedad de iguales”, más no en una “sociedad de equidad”.

Por Manolo Portillo