En el Catatumbo la guerra continúa

En el Catatumbo la guerra continúa

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En ‘Tarraquistán’, como algunos militares llaman al municipio de El Tarra, Norte de Santander, la bala enemiga llega solitaria, inesperada, de manos de un francotirador.

El soldado regular Adrián Romario Tarazona -de 21 años, nacido en Cúcuta-, estaba advertido. Parado detrás de una trinchera, en una base militar que se alza sobre un pico de montaña llamado Bellavista, Tarazona escuchó unos ruidos que venían desde los arbustos del cerro de enfrente.

Le informó a sus compañeros y volvió a su esquina de centinela, metido en un chaleco antibalas y cargando uno de esos pesados cascos a los que no les entran los disparos. Pero solo tuvo que asomar la cara a través de un resquicio -por unos segundos nomás- para que el tiro se lo llevara. Así, de la nada.

Al soldado John Walter Cardona Cardona le tocó esa terrible tarea de levantar a su amigo del suelo, mientras el resto de compañeros disparaban para asegurar la zona. Cardona, un muchacho de cara ancha, acuerpado, lleva tres años en ese mismo punto, andando con la paranoia que implica no saber ni la hora ni el punto desde donde vendrá el proyectil. Guareciéndose del sol, en la misma trinchera en la que murió Tarazona, dice que los francotiradores son unos cobardes, que no son capaces de enfrentarse cara a cara, “escondiéndose como las ratas”.

Pero aún así dice vivir con un estrés controlable, que ya no le quita el sueño. “Uno no puede achicopalarse. Nos asesinaron a nuestro soldado, pero aquí estamos luchando, cuéstenos lo que nos cueste. En muchos lados tienen un concepto diferente de lo que pasa aquí, que porque firmaron la paz con las FARC todo se iba a acabar. Y sí, se calma con las FARC, pero la guerra sigue igual”.

En el Catatumbo, esa región de once municipios entre los que están El Tarra, Tibú, Convención, Hacarí, Teorema y Sardinata, ahora la guerra la hacen vestidos de civil. A mansalva. Y desde cualquier esquina: la del ELN, la del antiguo EPL o ‘Los Pelusos’, la del Clan del Golfo, la de Los Rastrojos. Allí donde se conjugan todas las formas del crimen, según el general Hugo López Barreto, comandante de la Fuerza de Tarea Vulcano: narcotráfico, robo de hidrocarburos, extorsiones, secuestros, instalaciones de minas antipersona, carros bomba, asesinatos.

Nada ha cambiado desde que se firmó el cese al fuego bilateral entre las FARC y el gobierno Nacional. De hecho, como dice el coronel William Camargo, comandante de la Brigada Móvil No. 33, en esta zona el conflicto transcurre peor que antes. “Quien no tenga capacidad de sobrevivir, que se vaya de aquí, porque esta es la universidad de la guerra”, le dice a un soldado, en medio de un patrullaje.

Todas las fuentes consultadas por Semana.com coinciden en decir que si hay un lugar en Colombia en el que el conflicto sigue más vivo que nunca, ese es el Catatumbo. Solo Arauca lo podría superar. En catorce meses no se han reportado acciones violentas de parte de las FARC. Pero, como lo dice Jorge Restrepo del CERAC (Centro de Recursos para el Análisis del Conflicto), en el Catatumbo ha habido una expansión del ELN y el EPL después de la muerte de Víctor Ramón Navarro, alias ‘Megateo’. “Ellos volvieron a las actividades de tipo guerrillero, esto es, hostigamientos a la fuerza publica, emboscadas (se han presentado cinco en lo que va del año), entre otras”. Restrepo también advierte que la violencia política se mantiene de un modo soterrado.

En lengua barí, la de los indígenas motilones, Catatumbo significa “Tierra del trueno”. Allí la cordillera Oriental se quiebra en enormes cañones forrados de palmas, helechos, balsas, ceibas, en los que conviven pajuiles, pavas de monte, guacamayas, dantas, tigrillos, ardillas, osos hormigueros y una larga lista de exuberante fauna y flora. En otras circunstancias, este sería el escenario perfecto para dedicarse a la contemplación, al turismo ecológico.

Pero la mano del hombre se ha servido de la topografía del Catatumbo para corromperla en beneficio de la guerra. Este año allí han muerto 29 soldados de las distintas brigadas, esas que tienen desplegados a 9.200 hombres a lo largo y ancho de 9.743 kilómetros. De ellos, nueve fueron asesinados por disparos de francotirador.

En mayo pasado, un militar de otra base que queda a un paso del casco urbano de El Tarra, le pidió permiso a un sargento para ir a comprar unos útiles de aseo. El comandante le dijo que no se fuera sin el chaleco, que es el seguro de vida. Y preciso, al cruzar la calle sonó el disparo que venía desde la loma. Los francotiradores pueden ubicar a su objetivo a 1.200 metros de distancia.

Los soldados Luis Eduardo Orozco y Jamilton Bermeo fueron los últimos en morir por disparos de alta precisión en San Calixto y Hacarí, el 6 de noviembre pasado. Tan solo unos días después, el Ejército ya estaba reportando la muerte de uno los hombres por cuya mira pasaron varios de los militares fallecidos. Dicen que mató a catorce. Su nombre: Maicol Stiven Pérez Bayona, alias ‘Ramiro’, miembro del EPL.

La muerte de este francotirador desató una fiera reacción de la organización que hoy, según inteligencia del Ejército, puede tener a unos 210 hombres que se camuflan entre los civiles. En quince días, ‘Los Pelusos’ instalaron tres carros bomba cerca al municipio de San Calixto.

El 16 de noviembre, este grupo incluso robó una ambulancia del hospital Emiro Quintero Cañizares de Ocaña. Hicieron bajar a la misión médica, parquearon el vehículo en la vía alterna que va hacia San Calixto y lo pintaron con un letrero que decía “carrobomba”. No hace falta decir lo que significa para el Derecho Internacional Humanitario que violenten de esa manera una misión médica.

Los campesinos de la región están literalmente en la mitad entre los ilegales y el Ejército. Carlos Guevara de la ONG Somos Defensores ve el panorama con preocupación. En la zona –dice- los líderes sociales viven en medio de la tensión, y eso se ve reflejado en el silencio en el que ahora se mantienen. La Defensoría del Pueblo de Norte de Santander se lo pasa enviando alertas e informes de riesgo que a veces pareciera que no tuvieran oídos que las escuchen. En la última advertencia aseguran que en los municipios de San Calixto, Teorama, El Tarra, Sardinata, Hacarí, y Bucarasica, hay factores de amenaza y vulnerabilidad a la que está expuesta la población civil por la probabilidad de amenazas, homicidios, acciones de terror y ataques indiscriminados de los grupos armados ilegales.

María Ciro, del Comité de Integración Social del Catatumbo (CISCA) dice que la guerra nace también por el abandono estatal y la crisis económica. “El conflicto social es muy agudo y preocupante, por la cantidad de actores armados que hay. La militarización es extrema, pero tampoco se ven las oportunidades. La gente aquí cultiva para producir a pérdida”.

Otro de los vehículos que el EPL llenó de explosivos era un camión repartidor de cilindros de gas. Lo dejaron parqueado en un paraje conocido como La Cantina, en una vía destapada entre Teorama y San Calixto. 25 familias de una vereda llamada San Roque tuvieron que desplazarse. Huyeron por físico miedo. Otras 75 personas quedaron confinadas, sin para dónde agarrar. Así hasta que el Grupo Marte Antiexplosivos del Ejército llegó para destruirlo. “Carrobomba, Megateo y Alirio viven”, estaba escrito con aerosol en uno de los costados del camión, como si fuera el mensaje de un duelo y de una amenaza al mismo tiempo.

Narcos que se camuflan de guerrilla

Una base militar desde la que es posible ver alrededor montañas atoradas de cultivos de coca podría ser la perfecta locación fantasiosa de una película de narcos. Pero si uno se para en el filo de Bellavista, en El Tarra, donde mataron a Tarazona, la realidad no necesita ficcionarse: allí los cerros están pintados con el verde intenso de la coca, que se asoma en el paisaje como una mala broma.

Además de los centinelas y de la artillería que los soldados han instalado por los cuatro flancos de la montaña, ocho perros con las patas enlodadas avisan cuando se acercan extraños. Lo que no se puede atajar son los ataques desde el aire. Este año a esa base les han lanzado cinco balones bomba. Debajo del cerro de Bellavista –y esa es la razón por la cual tanto ELN como ‘Pelusos’ se esconden entre la maraña, pasa la vía que va para Ocaña, hacia el norte. La carretera es el paso obligado de la coca.

Y es que en el Catatumbo, según el Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos, había menos de 500 hectáreas de cultivos en el año 2006. Para 2010 el número se trepó a 1.900. Y el año pasado se reportaron 11.527 hectáreas. Eso significa que el 20 por ciento de todo el territorio del Catatumbo está sembrado de coca.

El negocio del narcotráfico en la región es de proporciones descabelladas. En junio pasado, un informante le avisó al Ejército de un cargamento de cocaína que tenían planeado sacar hacia la frontera con Venezuela. De inmediato, la Fuerza de Tarea Vulcano desplegó el operativo hasta dar con el camión que pasaba por la vereda La Esperanza, en La Gabarra.

Cuando el teniente que comandaba el retén vio que el perro que detecta la droga se sentó, supo que estaba ante el camión correcto. Esa era la señal. Al chofer, un hombre llamado Jonathan Alexander Carrillo, se le percibió nervioso. Y entonces ofreció 2 mil millones de pesos, en efectivo, a la mano, para que lo dejaran pasar. Pero el oficial no se dejó comprar. Llamó refuerzos y continuó con la pesquisa. Dentro de un doble fondo había una tonelada de cocaína que en Europa puede costar, según los cálculos del general López, 45 millones de dólares.

En esta tierra los laboratorios para procesar cocaína brotan como si fuera hierba. En 2016, el Ejército ha destruido 500 laboratorios y cristalizaderos, grandes y pequeños.  Las aguas claras de río de Oro y las oscuras del río Catatumbo, son los dos ejes por donde circula el grueso del negocio. Este último desemboca en el vértice de la frontera colombo-venezolana, una línea fronteriza que en Norte de Santander cuenta con 58 pasos ilegales por los que entra y sale gasolina de contrabando, coca, precursores químicos, alimentos y hasta personas secuestradas.

Los soldados no dan abasto y es imposible controlar lo que fluye de manera subrepticia entre ambos países. En parte porque el 70 por ciento de la tropa está designada a cuidar los 255 kilómetros que mide el oleoducto caño limón Coveñas, que es otro negocio con el que se enriquecen los grupos armados.

El tubo por el que pasa el crudo está lleno de abolladuras. Con mangueras sacan el petróleo que va a parar a refinerías que se esconden debajo de las copas de los árboles, esas que producen 500 millones de pesos al mes. Este año se han destruido 50. Más de la mitad de lo robado lo usan para procesar la pasta de coca. El resto queda en forma de ACPM y gasolina que es vendida a precio de huevo.

El negocio es tan rentable, que incluso desde que operaban las FARC, los grupos ya se habían dividido las tierras, de modo que cada uno pudiera trabajar por su cuenta sin hacerse daño. Todos quedaron copando un pedazo de frontera. Las FARC, comandadas por alias ‘Jimmy Guerrero’, del frente 33, tenían la zona norte que corresponde a La Gabarra. Más abajo, hacia Tibú, el territorio fue para el ELN, con alias ‘Peter’ o ‘César’ a la cabeza. Y de ahí hacia el sur se hicieron como dueños y señores Los Rastrojos, el Clan del Golfo y ‘Los Pelusos’.

Todo aquello es difícil de creer cuando se sobrevuela el Catatumbo. Desde arriba el sol hace brillar de manera incandescente -por cuestión de segundos-  cada río, cada charco, cada concavidad rellena de líquido. Es como si el agua se prendiera y se apagara solo por ver al avión pasar. Salvo los cultivos de coca, desde el aire no se divisan ni los laboratorios ni las armas ni las refinerías ilegales ni los huecos profundos que los narcos hacen en la tierra para acumular petróleo, ese mismo que se va hacia los afluentes, contaminándolos de manera irreparable.

Pareciera que es la mirada de uno la que hace estallar el plateado de la luz que se enciende debajo del arrugado tapete en el que se convierte el Catatumbo cuando se le aprecia a 10.000 pies sobre el nivel del mar. Desde arriba es un paraíso. Desde abajo, una zona “volátil, incierta, ambigua y compleja”, en palabras del coronel Camargo. A lo mejor son las dos cosas. Lo que impresiona es la cantidad de agua bajo los pies sosteniendo la tierra, encandilando al que la mira, como un tesoro que se echó a perder por una guerra que sigue viva.

*Texto de José Guarnizo.

Semana.com presenta una serie de reportajes que muestran qué ocurre en zonas de las FARC, tras el cese al fuego. En el Catatumbo los soldados mueren por francotiradores. Aumentó el narcotráfico y los combates con ELN y bacrim.