Cocaleros buscan a sus muertos

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TUMACO, Colombia – En la vereda El Tandil, al suroccidente de Colombia, muy cerca de la frontera con Ecuador, cuatro campesinos cocaleros se turnaban una pala el miércoles 11 de octubre para mover tierra húmeda en busca de cadáveres. Uno de ellos horadaba el suelo con un palo —y cada tanto lo olía— detrás de un hedor fétido que acababan de descubrir. Los hombres se movían de un lado a otro como sabuesos, convencidos de que allí tenía que haber cuerpos o restos ocultos. Porque en esa pendiente boscosa, el pasado 5 de octubre a las diez de la mañana, al menos seis de sus compañeros fueron asesinados con ráfagas de fusiles.

“Uy, qué alegría sería si encontramos algo”, dijo Elier Martínez, de 36 años, mientras descansaba y se frotaba las manos sucias después de cavar.

Dar con un cuerpo seis días después de la masacre sería una noticia dolorosa para los campesinos, pero tendrían una nueva prueba para actuar contra varios miembros de la Policía Antinarcóticos, señalados por la Defensoría del Pueblo como los presuntos autores de los disparos.

Aquel jueves por la mañana, más de mil personas se congregaron en la zona rural de El Tandil, una vereda que pertenece al municipio de Tumaco, un importante puerto pesquero ubicado sobre el Pacífico. La multitud, integrada en su mayoría por cultivadores de coca, protestaba en contra de la erradicación forzada que el Ejército y la Policía Antinarcóticos venía adelantando en la zona durante los últimos cinco meses.

En mayo de este año se creó el Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de uso ilícito, cuyo objetivo es erradicar unas 50 mil hectáreas de sembradíos ilegales y beneficiar a cien mil familias que viven de ellos. El gobierno colombiano ofreció incentivos a los campesinos: dinero para invertir en los nuevos cultivos, asistencia técnica y líneas especiales de crédito. Pero en esta zona de Tumaco el plan no se concretó. Los campesinos de El Tandil, de Puerto Rico y otras veredas ubicadas en los alrededores del río Mira dicen que el gobierno incumplió su oferta, establecida en el punto número cuatro del Acuerdo Final de Paz firmado con la antigua guerrilla de las Farc en La Habana.

Una mujer saca algunas hojas de coca de un árbol cortado por agentes de la Policía Antinarcóticos en un intento por salvar parte de su cosecha. 

Junto a los cultivos en esta zona de Nariño viven campesinos en condiciones muy precarias, en casas de tablas y techos de lata, aislados en caseríos de difícil acceso adonde se llega después de navegar el proceloso río Mira. Muchos de ellos llegaron a la zona como desplazados por la violencia de la guerra desde distintas regiones del país. Otros simplemente se sintieron atraídos por el comercio ilegal, que al menos les da lo suficiente para sobrevivir. Elier, con una esposa y dos hijos pequeños que debe educar, resume en una frase la situación extrema que miles de campesinos viven en el sur de Colombia:

“Aquí todos comemos de la coca porque no hay más nada. Y si hubiera, las vías tampoco dan para sacar una cosecha a venderla en los pueblos”.

El plan de los campesinos el día de la masacre era armar un cordón humano para proteger los cultivos, que en esta región del país suman 23.148 hectáreas, 42.627 en el departamento de Nariño y 146.000 en toda Colombia, según las Naciones Unidas.

Durante varios días, en distintos caseríos, ocurrieron varios enfrentamientos con la fuerza pública que dejaron varios heridos. Pero esa mañana el panorama cambió.

Elier, como miles de personas en este rincón de Nariño, vive de un pequeño cultivo junto a su casa, donde crecen dos hectáreas de coca. Además es secretario de la Asociación de Juntas de Acción Comunal de los ríos Mira, Nulpe y Mataje (Asominuma), que reúne a ocho mil familias cocaleras. Y estuvo el 5 de octubre en el lugar de los hechos.

Menos de una semana después, aún se veía tenso mientras caminaba por el sitio de la masacre. Señalaba las huellas de botas sobre la tierra y describía la prisa y el pánico que dominó la escena aquella mañana.

“Yo llegué con varios amigos y compañeros y ya había muchísima gente aquí. Los policías estaban allá arriba, todos armados con fusiles”.

La discusión entre los campesinos y los policías se fue calentando, pero nadie pensó que el asunto fuera a pasar de ahí. De pronto, uno de los hombres, el que parecía estar al mando, levantó una mano y abrió fuego. Los demás lo siguieron.

“Con el primer tiro yo me agaché, pero no corrí, porque pensé que lo había hecho al aire. Después sonaron más y ahí sí todos corrimos”.

El grupo huyó como pudo en medio del caos. Muertos y heridos cayeron en distintos puntos, mientras los demás corrían entre la selva tratando de sobrevivir. Hay videos que fueron grabados por los campesinos con sus teléfonos durante el ataque y en ellos se ven centenares de personas que corren, gritan, jadean, lloran y les piden a los policías que dejen de disparar. Y que les permitan recoger a los heridos.

Después del tiroteo, los policías no abandonaron el lugar. Pero los campesinos lograron evacuar a varios muertos y heridos hasta un claro cercano, donde estaba apostado el ejército. Allí, los soldados, incrédulos, les pedían perdón por lo que acababa de ocurrir y un enfermero trataba de reanimar sin éxito a un vecino de El Tandil, Diego Escobar, que falleció a los pocos minutos a raíz de un disparo en la cabeza.

Un campesino encuentra una bala en el lugar donde los policías tenían su campamento en Tumaco, Colombia, antes de la masacre.

Cuando se conoció la noticia, el Ministerio de la Defensa emitió una comunicado donde afirmaba que en el lugar se encontraban varios miembros de un grupo disidente de las Farc que no se desmovilizó y sigue presente en la zona, dedicado a controlar el negocio de la coca. Según esa versión, los guerrilleros habrían arrojado bombas contra los policías, que se vieron obligados a responder. Pero las investigaciones en el sitio descartaron esa tesis. Solo balas de fusil y de una ametralladora M60 fueron disparadas contra los campesinos, armados apenas con palos y piedras.

La cifra oficial, hasta ahora, habla de seis muertos y veinte heridos. Pero los campesinos aseguran que fueron más. Las comunidades realizan censos entre sus vecinos para conocer el verdadero número de desaparecidos.

El domingo 8 una comisión con miembros de la Organización de Estados Americanos, Naciones Unidas, la Gobernación de Nariño y algunos periodistas se acercó a la zona para verificar la supuesta presencia de un cuerpo que no había sido recogido. El grupo avisó de su llegada, pero estando a pocos metros del lugar de la masacre fue repelido por cuatro granadas aturdidoras lanzadas por los policías. Muchas veces se identificaron a los gritos como civiles, pero fue imposible avanzar. La pregunta que muchos campesinos se hacen es: ¿qué cosa grave ocultaba la Policía Antinarcóticos como para animarse a lanzar granadas contra una comisión integrada por medios y organismos internacionales?

Aquella mañana en el sitio de los hechos, después de tanto buscar, Elier y sus compañeros no hallaron nada: ni cuerpos ni pruebas. Los policías, dicen ellos, antes de ser retirados de la zona tuvieron tiempo suficiente para limpiar la escena del crimen y recoger cualquier prueba que los incrimine. Sin embargo, aún queda la versión de centenares de testigos que presenciaron la masacre. La procuraduría ya abrió una investigación que incluye a catorce militares y cuarenta policías.

Los campesinos cocaleros avanzan por el sendero que conduce al lugar donde ocurrió la masacre, en la zona rural de Tumaco, muy cerca de la frontera entre Colombia y Ecuador. CreditFederico Rios Escobar for The New York Times

Mientras caminaban en fila entre la selva, sobre un andén angosto construido por los cocaleros para moverse en moto, los cuatro sobrevivientes iban callados, aunque a ratos comentaban detalles de lo que vieron durante la masacre. Elier levantó la vista y miró los árboles frondosos, que a esa hora se mecían con suavidad contra un cielo grisáceo. Después bajó la cabeza, clavó los ojos en sus botas embarradas y dijo:

“Quedó sola y triste la montaña”.

NY Times