El candidato perfecto para una presidencia improbable

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Vargas Lleras iba a ser presidente, como lo fue su abuelo, el liberal Carlos Lleras Restrepo entre 1966 y 1970, hasta que en diciembre del año pasado –en un arrebato de ira durante una de sus correrías por el país– le dio un coscorrón a uno de sus escoltas. Ya no es el 66: alguien estaba grabando. Y la imagen, que era la de una estirpe que se ha permitido lo que le ha venido en gana en uno de los países más desiguales del mundo, convirtió en un tiranuelo al favorito para reemplazar a Santos en la presidencia. Buena parte del electorado aún lo respeta, y hasta lo admira, pero según la encuesta Gallup de principios de marzo su imagen negativa ha llegado por primera vez en su carrera al 44 por ciento. Gustará a algunos que mire de reojo el proceso de paz. Pero en campaña tendrá que ser convincente a la hora de rechazar los escandalosos cuestionamientos que les ha hecho la justicia colombiana a seis miembros de su enlodado partido de derecha: Cambio Radical.

Vargas Lleras nació en febrero de 1962 en Bogotá. Creció en el poder: una foto de diciembre de 1968 lo muestra, a los seis, de pie sobre una mesa del Palacio de Nariño junto su abuelo el presidente, quien lo mira con ojos risueños; una foto de agosto de 1989 lo capta, a los veintisiete, acompañando al líder liberal Luis Carlos Galán Sarmiento a la tarima en la que será asesinado segundos después. Fue concejal de Bogotá y senador de la república por el liberalismo, pero en 2002, cuando el electorado pasaba por otro período de hastío e incredulidad –y terminó eligiendo, contra una dinámica política que incluía a las Farc, a Álvaro Uribe Vélez–, Vargas Lleras comenzó a convertirse en el líder absoluto del cada vez más poderoso Cambio Radical. Para probarlo, consiguió 1.473.627 deslumbrantes votos en las presidenciales de 2010 que lo acercaron a la segunda vuelta.

Y tras ser su rival electoral, entró al gobierno de Juan Manuel Santos como su ministro estrella, luego de ser el legislador disciplinado e irascible que sobrevivió de milagro a un libro bomba de las Farc; el heredero de la política colombiana del siglo XX, hecha de apellidos, de patrones y de siervos, que vigorizó su carrera respaldando el implacable plan de seguridad de Uribe Vélez, pero se negó a apoyar al caudillo para una segunda reelección de republiqueta que –como la primera– no existía en la constitución. Sobreviviente de un tumor cerebral benigno, Vargas Lleras se despidió anoche de la vicepresidencia con un balance mucho más técnico que político de su gestión –la innegable reanimación de la infraestructura colombiana– ante la mirada de un presidente odiado por una derecha que lo eligió para la guerra, pero redimido por cierto progresismo que lo reeligió para la paz.

Vargas Lleras es hoy el candidato de un orden político que parece resignado al apoyo de los sórdidos caciques que manejan a su antojo las elecciones en sus regiones; es hoy el candidato de un establecimiento que trata de reconfigurarse ahora que el fin de las Farc ha puesto al país a hallar un nuevo enemigo: los corruptos enquistados en el Estado.

Vargas Lleras sale de un gobierno impopular presidido por un Nobel de la Paz a un país en el que el 91 por ciento aborrece a los partidos políticos, pero, ya que ha estado en campaña desde aquella foto del 68, parece que sigue siendo el hombre a vencer en las elecciones de 2018.

¿Qué clase de candidato será?: ¿el liberal irritable?, ¿el autoritario que no parece tener lugar en la derecha virulenta que trata de reunirse alrededor de Uribe Vélez? Colombia es una sociedad desacostumbrada a la paz y cansada de su propia malicia; le sentaría bien el discurso de reconciliación e integridad e inclusión de los principales rivales de Vargas Lleras. El exgobernador Sergio Fajardo, la senadora Claudia López y el negociador de paz Humberto De la Calle, por ejemplo, parecen más libres de las lógicas de poder que han gobernado a Colombia. Pero sigue en pie la lección de 2016: no desdeñes la efectividad del discurso de la derecha.

Y quizás haya sido por eso, para no perder a los liberales ni a los conservadores por el camino que empieza a recorrer con miras al 2018, que se haya despedido como si solo fuera un administrador que logró empujar un país varado.

De aquí en adelante, Vargas Lleras se jugará todo por ser el gerente que el país necesita. Pero para un verdadero cambio, Colombia requiere más que eso.

El país debe dejar de relacionar el poder con la violencia, debe librarse de la justicia por mano propia que siguen impartiendo el ELN y las bandas criminales: el exterminio de 24 líderes sociales desde la firma del acuerdo de paz es otra prueba funesta de esa forma de resolver los conflictos. Para romper con la idea de que esto no es un país sino un destino trágico, los colombianos necesitan – aunque la mitad de ellos aún no lo crea – reemplazar el gobierno que desmontó a las Farc y desterró la reelección presidencial de la constitución por un gobierno que desmonte la resignación ante una casta política de Vargas y de Lleras, que supere el derrotismo de una larga historia de fracasos y saqueos, y consiga que los ciudadanos se hagan responsables de su suerte: lo opuesto, en fin, a un gobierno autoritario, a un gobierno a coscorrones.

NY Times