‘El inca’, el boxeador censurado

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A las tensiones políticas que asedian a Venezuela desde finales de los años noventa, cuando se inició el desconcierto de la era Chávez, prolongada en el lugar común de la realidad que supera la ficción según los delirios de Nicolás Maduro, se suma en Caracas otro episodio, no menos tortuoso, alrededor de las censuras morales que enjuician el mundo recreado por el cine.

El juez Salvador Mata García, del Tribunal Segundo de Juicio del Circuito de Protección de Niños y Adolescentes de Caracas, exigió el pasado 14 de diciembre de 2016 que la película El Inca, del realizador venezolano Ignacio Castillo Cottin, estrenada en Venezuela el 25 de noviembre de 2016, fuera retirada de la cartelera por vulnerar los derechos de vida privada, honor, intimidad, imagen, confidencialidad y reputación de los hijos del boxeador legendario, recordado por el mundo como Edwin ‘el Inca’ Valero. Así sucedió y el juez ordenó también que se entregaran tanto el original como las copias de la película, prohibió su publicidad y pidió que se advirtiera, al inicio y al final de la historia, que se trata de una “película de ficción basada en hechos reales con escenas ficticias propias del escritor”.

Al drama lo matiza la comedia. Tras una audiencia de cuatro horas y media, que encontró en el ring judicial a Castillo Cottin y a la productora de la película, Nathalie Sar-Shalom, de la compañía Pa’los Panas Producciones, con la madre del boxeador, María Eloísa Vivas Ramírez, y dos hermanos del campeón, Edwar y Yaurima Valero Vivas, los reclamos de la familia, según el periodista Humberto Sánchez Amaya del periódico El Nacional, fueron contradictorios debido a que solo Edwar Valero había asistido a una proyección privada, aparte de que los miembros del tribunal confesaron que no habían visto la vida, pasión y muerte del Inca, recreadas en la pantalla, lo que no evitó su retiro de la cartelera.

“¡Un ejercicio de imaginación bastante valioso de parte del juez!”, me dice Castillo Cottin, sorprendido por la rapidez de una sentencia en contra de la película que Mata García no había visto cuando la censuró.

De imaginación y de acrobacias legales para el director, al que sorprende la suerte con la historia judicial de su segundo largometraje, ocho años después de que estrenó su ópera prima, La virgen negra (2008).

“La Constitución de Venezuela no contempla la censura, y esta sería la primera vez en la historia del país que se desmonta una película de las salas de cine —agrega—. Si lo considera, la familia del Inca tiene todo el derecho de demandarnos frente a los tribunales y nosotros nos defenderemos como corresponde, amparados por la ley. Pero decirnos abiertamente en la primera audiencia que tanto el juez como la familia ‘no habían visto la película’ es algo muy grave. Un caso que genera aún más sospechas cuando el Ministerio Público se pronunció en contra de la censura. Por eso quiero ser enfático y declarar que se trata de una medida estrictamente tomada por el poder judicial, tanto así que funcionarios radicalmente chavistas también se han pronunciado en contra de esta decisión”.

Castillo Cottin. 

Ignacio Cottin es claro: el caso no obedece a la polarización política del país y presentarlo de esta manera sería banalizar derechos fundamentales como al trabajo, a la libertad de expresión y al cine, que estaría amenazado, pues si el juez logra algo tan insólito como imponer su sentencia, “no sería extraño que los directores venezolanos tengamos que hacer en el futuro películas con los manuales de estilo que les parezcan apropiados a otros jueces del país, convertidos en guionistas cinematográficos”.

La necesidad de contar la historia de Venezuela en la pantalla a través de situaciones y personajes emblemáticos está por encima de los enfrentamientos políticos.

“No es gratuito que el cineasta y diputado Carlos Azpúrua, más chavista que Chávez, más madurista que Maduro, esté en contra de la censura por la gravedad del caso, pues esto significa que el día de mañana cualquier juez puede quitar una película de las salas si lo considera necesario —afirma Cottin—. No se trata solamente de un perjuicio para los realizadores sino, sobre todo, para los espectadores. Así que en las audiencias he sido muy concreto en mis declaraciones porque siento una gran responsabilidad ante mucha gente que quiere y tiene el derecho de contar historias. Me interesa que en el debate por la censura de El Inca se sienta que, al menos de nuestra parte, respetamos a las instituciones, sin tener una posición política polarizada. Este caso va mucho más allá de un país que está a favor o en contra de un gobierno. Insisto: tiene que ver con los derechos humanos y la libertad de expresión. También con lo que me señaló una amiga, radicalmente chavista, asegurándome que la decisión del juez le parecía misógina cuando impide que se muestre la violencia en contra de la mujer por un personaje como el boxeador. Así que es necesario separar el tema judicial de las tensiones políticas del país”.

¿Quién fue Edwin ‘el Inca’ Valero? Su biografía obedece a los patrones de un romanticismo popular y maldito cuya gloria y plenitud precipitan la caída del héroe a la oscuridad del abismo. Un ídolo al límite del caos y la desgracia. El mito que enfrentó la pobreza entrenando de manera obsesiva y combatiendo en la calle como escenario del robo y la venganza. El chico de Bolero Alto (Mérida), que luchó a golpes, dentro y fuera del ring, con la suerte esquiva, para conseguir el sueño, no menos trágico para mentes frágiles, de una fama alcanzada con presión vertiginosa, capaz de trastornar a los que siempre quisieran más de lo que han conseguido.

Según sus entrenadores, el Inca lanzaba sus golpes con el vigor de un caballo. Sus sparrings subían al ring dispuestos a enfrentarse a un huracán concentrado en los guantes de boxeo. No en vano logró la proeza de vencer a 18 de sus 27 adversarios en el primer round por nocaut. Triunfó como campeón mundial de peso ligero y superpluma. Cruzó los mapas de Venezuela, Estados Unidos y Japón enseñando un talento implacable. Su imagen fue aprovechada por Hugo Chávez como afirmación populista de su gobierno en la eternidad dominical de su programa televisivo Aló presidente, y el Inca, regresándole el favor, se tatuó en el pecho, con la sutileza de la desmesura, una bandera de Venezuela con el rostro de Chávez como si fuera otra estrella, acompañado por la frase: “Venezuela de verdad”.

El lado oscuro del Inca, del jovencito que a muchos les parecía un peruano y se ganó el apodo, tuvo como detonante en su contra las pasiones desfiguradas de un machismo salvaje. Enamorado desde sus primeros años como boxeador de Jennifer Carolina Viera, su relación explotó con escenas de maltrato doméstico en contra de su mujer, con golpizas brutales que ilustraron de manera sórdida la violencia que agrede con arrogancia a sus víctimas, con la paranoia de los celos contrastada con los romances del Inca, viviendo un largo y difícil historial melodramático de separaciones y reencuentros desafortunados para su esposa, hasta concluir la radionovela en una larga pesadilla de vodka, coca y ataques de pánico de la que se despertó el boxeador sin tener una conciencia clara del asesinato que confesó haber cometido cuando bajó a la recepción del hotel donde se alojaba, para asegurar después que a su mujer la habían matado unos sicarios la noche del 18 de abril de 2010, cuando Jennifer Carolina tenía apenas 24 años de edad. La tragedia se magnificó luego de que la policía detuvo al Inca, campeón que se ahorcó en la celda donde sus fantasmas lo persiguieron sin tregua. Tenía 28 años y no pudo boxear en un combate que habría resuelto su obsesión, de dimensiones grandilocuentes, de subirse a un cuadrilátero con el filipino Manny Pacquiao.

“Quisimos humanizar al personaje sin enaltecerlo —dice Cottin—. Sugerirle al público que independiente de los pasajes políticos que pueda tener la película, somos ante todo venezolanos, seres humanos, más allá de cualquier polarización, y que la vida del Inca hace parte de nuestra memoria. Nuestra prioridad era narrar la historia de amor entre el Inca y su mujer, para nosotros mucho más potente e importante que los aspectos políticos que pudieron rodearlo, lo que sin duda es también una posición política”.

Con más de 14.000 espectadores durante sus tres semanas de exhibición, El Inca fue la tercera película venezolana con mayor asistencia de público en el país; el primer lugar fue para Tamara, dirigida por Elia K. Schneider, sobre la vida de la primera diputada transgénero de América Latina, Tamara Adrián Hernández, y el segundo para CAP 2 intentos, un documental realizado por Carlos Oteyza sobre los períodos presidenciales de Carlos Andrés Pérez en 1974-1979 y 1989-1993.

Tres películas, “basadas en casos reales”, que sugieren el interés del público por comprender su historia a través del cine en tiempos de crisis.

“Casos muy sonados, protagonizados por personajes públicos, de los que se oye hablar pero que no se conocen a fondo como los presenta el cine, así como lo intentamos narrando la biografía del Inca. Sucediendo con CAP 2 intentos que, presentado en la Venezuela actual, nos habla de un país tan lejano e irreal que parece El señor de los anillos; un país que evidencia la necesidad que tenemos de contar nuestra historia, por respeto a lo que somos y, sobre todo, a lo que queremos ser, en un momento en el que estamos bombardeados cotidianamente por la propaganda política”.

¿El temor a la censura podría transformarse en la frustración de la autocensura?

“Si en el futuro vamos a estar limitados por sentencias judiciales de este tipo, no sería extraño que trabajáramos autocensurándonos —dice Castillo Cottin—. Los productores no financiarían películas que tuvieran un tratamiento polémico sobre la historia reciente de Venezuela. Por eso, aunque la película se esté exhibiendo fuera del país, no queremos perder el foco ni pasar la página, porque nos interesa defender ante todo nuestros derechos y nuestra dignidad”.

¿Qué le espera al boxeador censurado en los próximos combates judiciales?

“Presentamos una petición de apelación al juez Oswaldo Tenorio, del Circuito Judicial de Protección del Niño y del Adolescente de la Circunscripción Judicial del Área Metropolitana de Caracas, que se pronunciará en los próximos días manteniendo o rechazando la sentencia del juez Mata García. Estamos a la espera de su decisión”.

En otras palabras, el combate continúa y puede ser que vengan más rounds. Ojalá el equipo de producción de la película, para beneficio de la industria cinematográfica venezolana, gane por nocaut.

Arcadia