El gusto de la Iglesia Católica por la guerra y la violencia

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Candidatos abiertamente confesionales, beatos controversiales, religión en los acuerdos de paz… Un momento oportuno para recordar la impronta del catolicismo y de la jerarquía eclesiástica en la historia de nuestras guerras y nuestra violencia.  

El catolicismo como identidad nacional

Con la expresión “país del Sagrado Corazón”, la mayoría de los colombianos hacía alusión a la idiosincrasia patria, una identidad que desde la década de 1980 comenzó a diluirse ante cierta secularización de la sociedad que tuvo su más clara expresión en la Constitución de 1991, por medio de la cual se reconoció tardíamente la pluralidad cultural y religiosa de Colombia.

Esta política de reconocimiento de la diferencia llegó con atraso debido a la hegemonía de la Iglesia católica, que desde la Independencia se mostró como la única institución organizada, con presencia en casi todo el territorio nacional y con la capacidad de unificar las incipientes identidades regionales e imponer una ética de talante religioso y moral.

Paradójicamente, esta identidad sacra había sido construida en medio de las múltiples guerras civiles, que desde el siglo XIX asolaron al país e impidieron consolidar un Estado secular unificado, incluyente y con una presencia legítima en las zonas de frontera interna, que hasta el día de hoy se encuentran esparcidas por las más diversas regiones del territorio nacional.

En este escenario de precariedad del Estado y predomino religioso surge el interrogante de a qué se debe el ensañamiento de la guerra en un país que se reconocía a sí mismo como uno de los más católicos de América Latina, a la vez que se consideraba como la democracia más sólida del continente, a pesar del permanente estado de guerra.

La Iglesia como adalid del conflicto

Militante del Partido Conservador, Laureano Gómez.
Militante del Partido Conservador, Laureano Gómez.
Foto: Señal Memoria

La respuesta puede encontrarse, en parte, en el papel maniqueo que las elites políticas hicieron de la jerarquía eclesiástica, amiga o enemiga, según el espectro político desde el cual se buscara llegar al poder.

Ante esto respondía un sector del clero con un discurso intransigente en defensa de los valores tradicionales, una posición ideológica que se justificaba con el pensamiento del papa Pío IX y que en Colombia fue promulgado por una fracción retardataria de la Iglesia, liderada por diferentes obispos y clérigos conservadores. Este sector fue protagonista en las guerras del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX.

En muchas ocasiones, la defensa de las verdades del cristianismo y del poder temporal de la Iglesia se impuso en las confrontaciones partidistas y fue una bandera para justificar el ataque a los liberales, a los comunistas y a los protestantes, a quienes el clero más vehemente y ultramontano metía en el mismo costal a la hora de llamar a la “guerra justa”.

La lectura teológica basada en el neotomismo y en la escolástica -impuesta por el naciente Estado Vaticano en medio de la romanización y la infalibilidad papal propuesta por Pío IX- ponía en cuestión los avances científicos de la modernidad y permitía  defender la verdad inmutable y ahistórica de la religión católica, así como la jerarquización de la sociedad, donde el poder espiritual estaba por encima del temporal.

El clero y las riendas del Estado

Esta ideología le venía bien a los conservadores, quienes junto con la jerarquía eclesiástica lograron imponer, con la Constitución de 1886 y el concordato del año siguiente, un régimen de cristiandad por medio del cual le fue cedida a la Iglesia el control de la educación, la posibilidad de imponer cierta idea de ciudadanía católica, las funciones sociales relacionadas con el bienestar de la gente, así como el gobierno y dominio de las extensas zonas de misión (es decir, del setenta por ciento del territorio nacional).

La derrota de los liberales en la Guerra de los Mil Días ayudó a que las relaciones entre los conservadores y buena parte del clero se afianzaran aún más, hasta el punto de que el primado de Colombia, monseñor Bernardo Herrera Restrepo –después de consagrar nuevamente el país al Sagrado Corazón de Jesús en 1902 y de que llamara a los liberales derrotados a volver por los caminos de la fe cristiana y hacer un “Voto Nacional por la Paz”–, se convirtió en el encargado de dar el visto bueno a los presidentes conservadores que llegaron al poder hasta 1929, año de su muerte. Por cierto monseñor Herrera les recordaba a las élites políticas que el poder espiritual estaba por encima del temporal:

En repetidas Encíclicas dirigidas ora a la Iglesia, ora a alguna nación en particular, León XIII nos enseña, con elocuente claridad, que todo poder viene de Dios. Partiendo de este principio inconcuso, el Supremo Pastor enseña que “Dios tiene repartido el gobierno del humano linaje entre dos poderes, el eclesiástico y el civil, encargados de regir, uno las cosas divinas, el otro las humanas […] Los gobernantes, sea cual fuese la forma de gobierno, han de proponerse a Dios como modelo y norma en el régimen de la sociedad” (1).

Años más tarde, mientras monseñor Herrera promulgaba la paz a los liberales, siempre y cuando pidieran perdón por sus pecados en contra de la Iglesia, monseñor Ezequiel Moreno (confesor de Miguel Antonio Caro) y el canónigo Cayo Leónidas Peñuela insistían en que con el enemigo no se podía transigir.

Esta línea de pensamiento, manifiesta en sus escritos y divulgada en los periódicos religiosos como El Catolicismo, en libelos y volantes, y leídos en los atrios de las iglesias, dificultó la reconciliación y alimentó el extremismo de personajes intransigentes como Laureano Gómez y monseñor Miguel Ángel Builes, quienes a principios del siglo XX comenzaban a educarse en el pensamiento tomista de Rafael María Carrasquilla y en las lecturas ultramontanas de Jaime Balmes y Félix Sarda i Salvany, parafraseados y recontextualizados por el canónigo Peñuela, quien fue uno de los párrocos que logró llevar estas ideas decimonónicas hasta la década de 1930 y que monseñor Builes y Laureano Gómez siguieron promulgando de manare anacrónica hasta la década de 1960.

Particularmente, monseñor Builes fue uno de los clérigos más conservadores, que en sus pastorales, homilías y escritos fustigaba a los liberales como los principales culpables de la degradación de las costumbres y de los problemas sociales del país, actitud que se fortaleció cuando estos, en cabeza de López Pumarejo, en 1936 suprimieron de la Constitución todos los artículos que privilegiaban los intereses de la Iglesia católica y el control de la educación, y que buscaban con Darío Echandía modificar el Concordato y además permitir el divorcio.

Monseñor Builes fue uno de los casos más interesantes y que demuestra cómo un sector del clero no aceptaba fácilmente que los liberales fueran católicos, ya que estos, al parecer, solo querían una separación del Iglesia y el Estado, aunque no abjurar de su catolicidad.

Desde sus primeros años como sacerdote de Remedios y de su nombramiento precoz como obispo de Santa Rosa de los Osos (1923), sus declaraciones en contra del liberalismo estaban cargadas de un conservadurismo visceral que debía a sus maestros del Seminario Mayor de Santa fe de Antioquia.

Su locuacidad intransigente lo llevó a ver en la ciudad, símbolo del progreso, un antro de perdición; observaba en las revoluciones sociales la principal causa de la increencia y un peligro que amenazaba con imponer el poder temporal por encima del espiritual e identificaba a los socialistas y protestantes como liberales disfrazados.

Su postura anti-moderna y retardataria lo llevó a imponer a los seminaristas la abjuración del liberalismo, como lo decretó en su pastoral del 20 de diciembre de 1945:

[…] para que al santuario no lleguen con el cargo de sacrificadores del cuerpo y de la sangre de Cristo, como predicadores de su evangelio, en una palabra, como obreros en la viña del Señor, los que estén mancillados con la lepra del liberalismo, queremos restablecer la prescripción […] según la cual todo seminarista que venga por primera vez a nuestro seminario conciliar, lo mismo que a nuestro seminario de misiones, ha de formular su protesta formal contra el liberalismo, como lo hacen los subdiáconos, los neopresbíteros y los beneficiaros contra el modernismo, ante nosotros o nuestro delegado, poniendo sus manos sobre los santos evangelios (2).

No obstante, es necesario aclarar que el pensamiento de Builes se dio en un periodo de grandes confrontaciones ideológicas. En suma, fue un hombre de su época convencido de sus ideas y comprometido con la defensa de la fe que él consideraba como verdadera.

Las fuentes de la Violencia

Partido tradicionales colombianos: Conservador y Liberal
Partido tradicionales colombianos: Conservador y Liberal

Entre las múltiples causas que ayudan a explicar la Violencia de mediados del siglo XX, el elemento religioso estuvo presente y tuvo su mayor expresión en el 9 de abril de 1948, cuando el pueblo liberal atacó las construcciones religiosas, símbolo del poder sacro.

Con la instauración del Frente Nacional, la cuestión religiosa dejó de ser un motivo de discordias bipartidistas, no sin la debida resistencia por parte de Monseñor Builes, que por esos años trinaba su desacuerdo a favor de la reconciliación con el enemigo infernal.

Así mismo, el aggiornamento teológico derivado de las orientaciones del Concilio Vaticano II (1962-1965) y los aires secularizadores provenientes de la cultura urbana contribuyeron a disminuir las fricciones religiosas tradicionalistas.

Los nuevos enemigos serán otros. Así, del discurso intransigente decimonónico se pasó a posiciones revolucionarias de influencia socialista, lideradas por clérigos comprometidos con la opción por los pobres. El país del Sagrado Corazón dio luz a las nuevas revoluciones.

Por último, en la década de 1980, un sector importante de la jerarquía eclesiástica se convirtió en mediador entre las guerrillas de influencia comunista y el Estado. Una posición que en el actual proceso de paz no es del todo claro.

Nota de pie (1) Bernardo Herrera Restrepo. “Circular”, Arquidiócesis de Bogotá, 1 de febrero de 1895. Pastorales, circulares, decretos y otros documentos, Vol. I. Imprenta de San Bernardo: Bogotá, 1912, p. 340.

Nota de pie (2) Miguel Ángel Builes. “Algunos errores de nuestros tiempos”, 20 de diciembre de 1945, Cartas Pastorales. 1940-1956, Imprenta Editorial, Medellín, 1957, p. 42.

Helwar Figueroa Salamanca. Historiador, doctor en Estudios sobre América Latina de la Universidad de Toulouse, profesor de la Universidad Industrial de Santander.