La infidelidad nuestra de cada día

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¿Es la infidelidad inherente al ser humano? ¿Hemos cometido un error al forzarnos a ser monógamos? ¿Es antinatural esperar que mi pareja se concentre el mí por el resto de su vida? ¿No es muy aburrido creer que él va a ser la única persona con la que yo esté hasta el final de mis días?

Basta con “gugliar” algunas de estas preguntas para encontrar todo tipo de respuestas. Serias basadas en la psicología, la antropología, la etología y todas las ciencias que aspiran a encontrar una respuesta. También hay foros de machos tratando de demostrar por qué no pueden ser de una sola mujer, y muchos pasquines hablando de las infidelidades de las estrellas. Pero allí no está la respuesta.

Por eso he tratado, yo misma, de encontrarles una respuesta, ante de la imposibilidad de seguir a un gurú en esto de las relaciones. Las respuestas han variado a lo largo de los años.

Cuando estaba en mis teens, digamos 16-18, creía que era muy joven para ser fiel. Además, en ese momento comencé a querer copiar el comportamiento de los machos de mi colegio y de los de las novelas mexicanas que tanto veía, que demostraban que no se puede ser fiel. Entonces un par de veces le puse los cachos a mi novio con alguien al que él conocía y que además tenía novia. Pero no me insulten todavía. Tenía 16 años. Mi novio se enteró años después cuando ya no teníamos nada, y ya habíamos entendido que lo nuestro no había sido más que una relación muy corta e insignificante. Todavía me saluda en la calle.

Esa fue la primera y última vez que puse los cachos. Y pasé parte de la primera mitad de mis veinte tratando de descifrar mi posición frente a lo que les oía decir a amigas de mi edad: “no me importa si es infiel con tal de que yo sea la oficial”. Nunca me gustó esta actitud tan pasiva de latina sumisa mal emparejada. Y mucho menos me gustó la suposición según la cual la vida es la prepa de 90210 en la que todos le hacemos a todos sin remordimientos.

A los 22 me cuadré muy mal. Era el amigo del novio de una amiga del que me advirtieron su comportamiento. Pero ante el verano, me hice la loca frente a las advertencias. Me cuadré con él, me presentó en su casa. Era la oficial. Entonces me hacía visita los viernes en mi casa y se iba muy a las diez de la noche, que para no importunar a mis papás. Los sábados igual. Andaba tan vaciado, que a veces yo le “prestaba” plata para el taxi de regreso a la casa. Meses después, cuando comenzó a desaparecerse, supe que luego de mi casa se iba a cualquier bar con –casi siempre– la misma mujer. Seguramente usaba los $10.000 o $20.000 que yo le había dado para el taxi en el trago o en la entrada. Por cuatro meses, entonces, fui yo la víctima de la infidelidad. Algunos dirán, en este punto, que el karma existe.

A los 23 tuve la primera relación seria en mucho tiempo. Pedí exclusividad y él hizo lo mismo. Duramos tres años. El primer año fue solo amor. Luego la relación se convirtió en una pesadilla: él siempre quería estar de fiesta y yo no aguantaba el ritmo. Al final prefería que él se fuera solo con sus amigos de la oficina, aunque sabía que había una morronga a la que le decían ‘la mona’ y que flipaba por él. “No deberías dejarlo ir solo a esas fiestas”, me aconsejó la novia de un amigo borrachín de él, quien se aguantaba la fiesta solo para vigilar a su semental. “No tengo por qué cuidar a nadie”, le respondí, convencida de que yo no tengo por qué estar vigilando hombres para garantizar su fidelidad.

Al poco tiempo le terminé. No me aguantaba sus fiestas, su primitivismos, y me gustaba alguien más. Para mí todo estaba terminado, por lo que comencé a salir con esa otra persona. Pero para él, mi exnovio neandertal, todavía estábamos juntos, así que en su cabeza aguardientera, yo le fui infiel a él. Y años después, un día que pudimos hablar sin pudor sobre lo inconveniente y tortuosa que había sido nuestra relación, le pregunté si me había puesto los cachos ‘la mona’. “Una vez, en una fiesta, nos dimos un beso. Nada más”, me respondió. Sí, claro. Solo un beso. ¿Más karma? Igual no me pudo importar menos. Él había sido la culminación de mi historia con nendertales, y le agradezco haberme enseñado tanto sobre mí misma y mostrarme lo que no quiero para mi vida. Así que si ese fue el precio que tuve que pagar por años de autoconocimiento y avance teórico en neandertalidad, valió la pena.

Hoy creo en la fidelidad. Me da repelús esta idea del “poliamor” y estoy convencida de que el discurso machista de “es que los hombres no estamos biológicamente diseñados para ser fieles” es la excusa de un neandertal primitivo sin carácter para comprometerse con una mujer. Mientras el cretino sí espera fidelidad de ella. Alguna vez vi un informe sobre VIH/Sida en Colombia, y la ONG alertaba sobre las altísimas tasas de contagio de las amas de casa en Barranquilla. Claro, porque sus esposo se iban de perros, se metían con cualquiera sin usar condón y luego iba a cumplir con sus deberes de esposo. ¡Y toma tu enfermedad!

También creo en el consenso. Si dos adultos se le van a medir al poliamor –o como decíamos en mis tiempos, una “relación no exclusiva”–, pues los dos deben estar enterados de ello, estar de acuerdo y disfrutarlo. Si uno de los dos lo hace solo para no perder a su pareja, lo está haciendo por las razones equivocadas.

Creo que cuando hay amor y respeto la fidelidad es muy posible. Eso sí, los hombres no cambian, uno no cambia a los hombres, y el que es, es. Uno no cambia a nadie, hombre o mujer, así como nadie lo cambia a uno. Así que no esperen fidelidad de nadie del que ustedes fueron los cachos, o que pregona sus infidelidades. Eso también lo aprendí, ¿gracias al karma? Tal vez.