El ‘santuario’ que le abrieron a Pablo Escobar en Cúcuta

El ‘santuario’ que le abrieron a Pablo Escobar en Cúcuta

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La ciudad está de fiesta, hoy se abre Ukelele, el lugar en donde se le rinde culto en la frontera al criminal más famoso del mundo.

Cúcuta hoy se viste de fiesta. Ukele abre sus puertas. No es un museo, por supuesto, ni un parque temático o una biblioteca. Es una discoteca en donde la gente se empacha con guaro y polvillos mágicos. El lugar donde se siente mejor el cucuteño gastándose su sueldito, practicando el deporte regional:  aparentar, demostrarle al otro que no se es ningún arrastrado, que tiene carro de agencia y hasta le sobran billetes para operar a la mujer y dejarla ostentosa como la porcelana nueva de un traqueto.

Y si tiene arma mejor. No hay nada más peligroso que beber en Cúcuta. Muchos de mis paisanos, por haber tenido infancias traumáticas, suelen tener mal trago. Se enlagunan y se hacen los machos. Algunos guardan el revólver en la guantera del carro. Suelen ir a rumbear con él. Y lo sacan pa sentirse más machitos. Ukelele, sabiendo interpretar la idiosincrasia cucuteña, le ofrece la oportunidad de posar a esa plebe armada al lado del capo de capos, del patrón de patrones, de Pablo Escobar.

En Cúcuta muchos jóvenes anhelan ser traquetos, tener poder. Los otros a lo que aspiran es llegar a la política y poder robar con impunidad. En Cúcuta los políticos son amados con el mismo fervor que se adora a los narcos. Igual tienen razón: ellos proveen el poco empleo que existe. Esa falta de oportunidades ha deteriorado el alma de los cucuteños. Hace una semana un hombre desesperado se iba a tirar de un puente. La gente, desde abajo, gritaba: “No sea marica, bótese de una vez si tiene guevas”. Vi el video y me amargué. “Así somos los que nacimos allí” murmuré-

En la ciudad hay empresarios decentes como Hugo Vergel, máximo accionista de Aguas Kpital y que a veces se toma la molestia de ejercer de mecenas, ingenieros geniales como Ricardo Carvajal, el hombre que está reconstruyendo Gramalote y periodistas legendarios y valientes como el maestro Cicerón Flórez. Son excepciones. En Cúcuta la ilegalidad permea la cotidianidad, es el orden establecido, lo normal. Jóvenes que en el colegio leyeron a Rimbaud llegan a los treinta con la camisa por dentro, bañados en una Givenchy comprado en San Andresito, cadenita de oro y Ray ban, por supuesto. Dejan de hablar de literatura, rock y todas esas mariquerías y se montan en lo que realmente importa: hacer billete a como de lugar. Está de más decir que la gran mayoría fracasa en el intento. Los votos no les alcanzaron para llegar al Consejo o el cargamento se hundió en el golfo de México. Igual nunca contará su fracaso. Porque el cucuteño promedio, como es un barón, nunca va a perder.

A mí nunca me gustaron los negocios. Nunca los entendí. Por eso me tuve que ir. No hay un día en que no recuerde sus ceibas espléndidas, la brisa del Pamplonita azotando la cara, los restos centenarios del acueducto de Santander  en donde nos agazapábamos a fumar toda la tarde. Extraño el olor a almendrón y las interminables bebetas con los amigos de siempre. Sin embargo cada vez me da más pereza ir. La nostalgia está siendo ahorcada por la realidad. Y la realidad de mi Cúcuta amada es esta, la de esta foto, el orangután armado y aguardientoso posando alevoso al lado de un criminal.

Todo permanecerá igual, nadie hará nada porque estamos bien. Yo seguiré lejos de Cúcuta, soñando todas las mañanas con que me vuelva a abrazar su sol.

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