Un vallenato sobre la violencia machista en Colombia

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Su muerte coincide, de un modo casi exacto, con los 20 años del asesinato de Doris Adriana Niño, quien fue abusada sexualmente y asfixiada por Diomedes Díaz en Bogotá, el 15 de mayo de 1997. Pasaron meses después del crimen antes de que, tras una exhumación, su hermano reconociera el cadáver descompuesto y la joven fuera trasladada a un cementerio en Soacha, zona pobre al sur de Bogotá donde vivía su familia.

Nadie podía anticipar que ambos fallecimientos coincidirían en el tiempo. La sociedad colombiana ha lamentado a coro la muerte del heredero. Sin embargo, la prensa pasó por alto a Doris, a pesar de que las dos décadas de su muerte se acercan y de que Diomedes fue condenado por su asesinato. En el caso de Niño, ha prevalecido la noción machista de que la muchacha se merecía su grotesca muerte, por fiestera, por beber, por no ser obediente, sometiéndola a una doble victimización.

Niño es un símbolo de los feminicidios que todos los años enlutan a las familias colombianas ante la indiferencia de los medios y la sociedad. Los colombianos debemos preguntarnos por qué permaneció intacta la reputación y fama de Diomedes Díaz —también conocido como el Cacique de la Junta— mientras el nombre de su víctima fue olvidado, y hasta qué punto nuestro silencio es cómplice.

Que pocos la recuerden es responsabilidad directa de los medios por sucumbir a la idolatría de Diomedes en el Caribe colombiano. La popularidad de este juglar y patriarca del Valle de Upar se extiende por numerosos poblados que recuerdan de memoria sus canciones. Junto a su exitosa carrera musical, Díaz también vivió una vida plagada de escándalos. Aunque el crimen de Niño lo mantuvo tras las rejas tres años y siete meses, no mermó la adoración de su fanaticada. Su legado es tan poderoso que mencionar el crimen es considerado un insulto imperdonable. El grito de los fanáticos ahoga la voz de los familiares.

Miles de personas acompañan el sepelio de Martín Elías el pasado 17 de abril en Valle de Upar.CreditAdamis Guerra/European Pressphoto Agency

Martín Elías trató de dejar en el pasado la huella criminal de su progenitor con un comportamiento ejemplar, como padre de familia y como artista. Es comprensible, pero el olvido de Doris Adriana no se debe enteramente a su esfuerzo. La desaparición de la chica de la memoria colectiva no es una excepción. Los medios omiten de forma sistemática los feminicidios a pesar de que los casos se cuentan por cientos al año. Según la Universidad de la Sabana, en los dos últimos años más de 49.000 mujeres fueron víctimas de violencia doméstica y el año pasado se registraron 122 feminicidios, un 20 por ciento más que en 2015.

Durante su estadía en la cárcel eran comunes las manifestaciones de sus seguidores, quienes exigían su liberación a pesar de haberse comprobado su participación en el asesinato. Parecía un exabrupto aceptar una pena de cárcel por su comportamiento, algo no tan inexplicable. Seamos claros: no es una conducta inexplicable en el contexto de la atávica sociedad patriarcal del Caribe que permite prácticas como la poligamia y subyuga a la mujer a la voluntad del hombre so pena de recibir maltratos y, en casos como el de Niño, incluso de perder la vida.

A esto se suma que los artistas, futbolistas y actores se hacen acreedores a una suerte de carta blanca que les otorga el perdón de sus seguidores y rebajas de pena extraordinarias como la de Diomedes, quien solo pagó tres años y medio de cárcel (de los doce a los que había sido condenado) y fue recibido en Valledupar con vítores.

Durante los últimos meses ha habido un tímido repunte en las denuncias periodísticas sobre la violencia de género proyectada en ataques de ácido y abuso sexual, entre otras situaciones, pero pierden relevancia muy pronto o quedan opacadas por la fama de sus victimarios. Esa falta de cobertura invisibiliza a las víctimas y aumenta su vulnerabilidad.

Los nuevos aires de paz que se respiran en el país son ideales para fortalecer la conciencia de la población sobre los feminicidios. La denuncia pública en los medios pone el debate sobre la mesa y genera una mayor fiscalización, no solo de los victimarios sino del mejoramiento e implementación de las leyes.

Estamos en el momento correcto para impulsar una revolución que mueva esos cimientos culturales anquilosados que tanto daño le hacen a la mujer. Se debe empezar a informar de forma completa a la opinión pública, presentando una imagen real de las personalidades que, mal que bien, son un modelo a seguir, como Diomedes Díaz.

También es clave endurecer la sanción social y judicial para los hombres —famosos o no— que agredan a su pareja. La transformación debe darse a través del diálogo y el respeto, para reducir de forma radical los feminicidios y la opresión de la mujer en todas sus formas.